Caboalles de Abajo

Este hermoso pueblo es uno de los más importantes y representativos del valle de Laciana.

Su población es de 1500 habitantes y cuenta con todos los servicios básicos (centro de salud, entidades bancarias, supermercado…, la tienda de deportes situada en el centro del pueblo dispone de todos los artículos necesarios para la práctica del esquí, venta o  alquiler).

Se encuentra a una altitud aproximada de unos 1000 metros, esto hace que los inviernos sean fríos, con copiosas nevadas, y los veranos cálidos y secos.

La proximidad con la estación Invernal de Leitariegos (tan solo a 10 Km. ) hace de este pueblo paso obligado a los aficionados al deporte blanco.

Totalmente rodeado de montañas, su vegetación la constituyen robles, rebollos, bosques de abedul, hayas y acebos, donde se refugian el oso y el urogallo, que son, junto a la trucha, las especies más representativas.

 

La principal fuente económica del pueblo es la minería, que tuvo sus comienzos a principios del siglo XX. El cambio que experimentó el valle y Caboalles en particular fue espectacular, se pasó de una economía de subsistencia basada principalmente en la ganadería y en una mínima actividad agrícola, a la explotación masiva del mineral de carbón. El gran despliegue carbonífero viene de la mano de las exigencias energéticas que genera la Primera Guerra Mundial. Es el momento de la aparición de la empresa Minero Siderúrgica de Ponferrada que se hace con el monopolio minero en la comarca y promueve la construcción del ferrocarril Ponferrada-Villablino en 1919. La minería propició la llegada masiva de trabajadores de todo el país e incluso del extranjero, con lo que la población aumentó notablemente y supuso el abandono de las labores agrícolas y ganaderas.

Hoy en día la forma de extraer el mineral ha cambiado radicalmente, se ha pasado de las minas subterráneas a un modo más rentable, consistente en la explotación a cielo abierto.

Cabe destacar que las prospecciones más antiguas corresponden a la época de los romanos que excavaban estas tierras en busca de oro. Estos pobladores dejaron constancia de su paso a través de  impresionantes obras arquitectónicas; el puente romano de Caboalles es un fiel reflejo de su estancia en nuestras tierras.

 

 

La forma de vida antes de la minería se basaba fundamentalmente en la ganadería (ganado vacuno). Durante la primavera y el verano estos ganados aprovechaban las zonas de pasto de alta montaña, conocidas como brañas. Cada pueblo posee una braña que era su segundo hogar, en ellas los ganaderos utilizaban las cabanas para refugiarse y pernoctar. En la braña se ordeñaba la leche que se bajaba al pueblo al día siguiente, por la tarde los brañeros volvían a la braña.

 

 

La arquitectura tradicional la componen casas con forma de U, L o T, irregulares aunque con las esquinas redondeadas. En la actualidad estas viviendas están destinadas a albergar a los animales.

Los hórreos son construcciones muy representativas de la cultura lacianiega. Edificios anejos a la vivienda destinados a mantener ciertos alimentos fuera del alcance de los roedores, su estructura está compuesta por una planta cuadrada, pegollos de piedra o madera y muelas, piedras voladas sobre la cabeza de los pies para dificultar el acceso a los animales, y cubierta de paja de centeno.

 

Varias son las iglesias y ermitas que se alzan en Caboalles:

La Iglesia de Santa María  de estilo románico, data del año 1592.

   

La Ermita de San Roque está situada en el centro del pueblo y es el lugar de inicio de las fiestas patronales.

  

La Ermita del Cristo actualmente denominada del Cristo de los mineros posee un retablo románico.

 

Dentro de la gastronomía el pueblo ofrece al viajero un amplio abanico de posibilidades. Destacamos los embutidos de elaboración artesanal: cecina, chorizo, lomo embuchado, costilla braseada, chichos”picadillo”, el jamón y el chosco o botillo prototipo del aprovechamiento del cerdo, sin olvidarnos de la cecina de vaca. El rigor del clima en invierno impone todo tipo de caldos y platos calientes, sopas, potajes, cocidos…..Y que decir de la tradición pastoril del Valle con las calderetas y churrascos. Para postre siempre podemos decantarnos por un mantecoso queso con miel y arándanos, brazo de gitano con natillas, arroz con leche o los tan típicos “feixuelos”.